Percy Harrison Fawcett fue fundador de la Royal Geographical Society de Londres y entre sus amistades prominentes cuenta el legendario Sir Arthur Conan Doyle. Nacido en 1867,  Fawcett contrajo matrimonio en enero de 1901, pero esto no fue impedimento para seguir su búsqueda personal, realizando distintos viajes que le dieron una visión muy especial de la vida.

Sus inquietudes lo llevaron a Bolivia, cuando sólo Argentina tenía en aquellos años unas fronteras claras. En ese viaje encontró quizás ese encanto de Sudamérica que lo enganchó totalmente. Es así como después de la Primera Guerra Mundial terminó totalmente convencido que su vida tenía que ser en tierras sudamericanas, incluso se trasladó como primer paso a Jamaica donde llevó a su familia. Estaba convencido que Gran Bretaña y toda Europa era un continente en decadencia y sin mucho que ofrecerle; en más de una ocasión lo comentó entre sus amistades logrando muchas veces una incomprensión y extrañeza entre estos.

La historia del coronel Fawcett comienza cuando descubrió en la Biblioteca Nacional de Río de Janeiro una carta (enviada por el bandeirante Francisco Raposo al vicerrey, en 1754) en la que se describía el hallazgo un año antes de una extraña ciudad de piedra en el noroeste del estado de Bahía, mientras Raposo buscaba las minas de plata de Muribeca. Extraviado en el Matto Grosso, el aventurero portugués y sus compañeros divisaron en la montaña una escalera monumental tallada en la roca que conducía a un impresionante pórtico que se abría a una fantástica ciudad. Al manuscrito (conocido como el nº 512), le acompañaba un mapa que situaba esta ciudad en los alrededores del río Xingu, afluente del amazonas.

Fawcett completamente convencido de que Francisco Raposo había tenido el privilegio y la suerte de encontrar la Ciudad Perdida, se obsesionó de tal manera que, desde el mismo momento de tener conocimiento de este documento, en el interior de su cabeza creó las raíces para una expedición definitiva que diera luz al enigma de una ciudad totalmente desconocida para el mundo civilizado de entonces.

Fawcett además apoyaba sus ideas en unas figuras de cerámica y otros objetos que había recogido en su viaje por el Norte de Chile y sobre todo en una imagen de cerca de 10 pulgadas de alto que le fue entregada por Sir H. Rider Haggard, imagen que había sido encontrada en Brasil y que poseía una figura con una placa en el pecho con un gran número de caracteres. Más de una vez Fawcett se expresó al respecto de esta figura: “Creo firmemente que procede de una ciudad perdida“.

Fawcett sostenía que aquella figura poseía la característica de transmitir corriente eléctrica por las extremidades cada vez que se tocaba, incluso recurre para su explicación a la Ciencia de la Psicometría muy poco conocida en Occidente, la cual transmitía imágenes y mensajes a distancia, según algunos eruditos orientales de aquellos tiempos.

Entre las creencias o las convicciones de Fawcett está la existencia de una raza de gigantes que habría vivido con anterioridad en la Tierra y que habrían alcanzado unos conocimientos superiores creando una gran civilización tecnológica. Al respecto decía: “Tiahuanaco fue construida como Sacsayhuamán y gran parte del Cuzco por una raza que manipulaba rocas ciclópeas y que las esculpía para ajustar tan perfectamente que es imposible introducir una hoja de un cuchillo entre sus junturas. Contemplando estas ruinas no es difícil creer en la tradición que relata que fueron levantadas por gigantes.”

Tomando en cuenta lo anterior, y teniendo como detonante que llegara al conocimiento de Fawcett la existencia del documento del Canónigo J. de la C. Barbosa, sus creencias y convicciones se transformaron en obsesiones y es así como decide ir a buscar esa Ciudad Perdida, que él denomina con la letra Z, y que seguramente le daría muchas respuestas a sus inquietudes. Para algunos estudiosos puede ser la entrada a Akakor o a una civilización perdida que no quiere tener contacto con nadie del mundo exterior.

El documento en sí nos habla que un tal Francisco Raposo quien partió con 18 colonos y que, después de muchas desventuras, encontró unas montañas dentadas. Una vez superadas estas montañas observaron unas llanuras y más allá más selva virgen. Se envió una avanzada indígena quienes regresaron diciendo haber encontrado todos los vestigios de una ciudad completamente solitaria. Aquella noche los expedicionarios de Raposo no durmieron de expectación. Al otro día la expedición entró en la ciudad.

Primero observaron una enorme estructura ciclópea de tres arcos de enormes losas, similar a las de Sacsayhuamán. En lo alto del arco central se veían inscripciones gastadas por el tiempo totalmente desconocidas. Existía una calle rodeada por edificios de dos pisos, con bloques de piedras sin juntura ni mezcla, de una perfección increíble. La expedición de Raposo bajaba la calle asustada y a la vez asombrada. Llegaron a una especie de plaza donde en el centro había una columna colosal de piedra negra y sobre ella la efigie de un hombre con una mano descansando en la cadera y la otra apuntando al Norte. Obeliscos esculpidos en las esquinas de los cuatro lados de la plaza daban un aire de majestuosidad y de poderío al lugar inexplicable. En uno de esos costados se alzaba un magnífico edificio que era posiblemente un palacio. La figura de un adolescente se hallaba esculpida a la entrada principal con caracteres e inscripciones parecidas a los de la Grecia Antigua.

Siguiendo la calle se observaban grietas y ruinas hundidas que daba toda la impresión de ser consecuencia de un gran terremoto de antaño. También se pudo observar una especie de monasterio con quince aposentos que se comunicaban con un vestíbulo central. Se encontró una moneda de oro. En una de las caras mostraba una efigie de un joven arrodillado y en la otra un arco, una corona, y un instrumento desconocido.

Según estudios posteriores de lo descrito por Raposo se deduce que no tenía idea donde se encontraba, ya que según su relato se desplazó 50 millas más abajo y se encontró con un río no identificado y puedo divisar ”dos hombres blancos en una canoa “. Luego de largos meses en la selva apareció por Paraguassu. Fawcett leyó toda esta aventura de Francisco Raposo y se documentó de otras personas y estudiosos llegando a la conclusión que la descripción de Raposo era de la famosa Ciudad Perdida que han buscado tantos exploradores, aunque también estaba convencido que no existía solo aquella ciudad perdida sino había muchas más.

La desapareción de Fawcett

En los años posteriores a 1927 son innumerables los testimonios de personas que dijeron haberse encontrado con ingleses delirando en las cercanías de la selva amazónica diciendo ser Fawcett, pero ninguno de estos testimonios tuvo una confirmación certera de sus familiares. La incógnita y el misterio de esta expedición se disparan cuando se conoce que el mismo Fawcett dejó escrito que no se hicieran gestiones para buscarlos hasta el año 1927 en caso de no tener noticias de la expedición, además había vendido todos sus derechos a una editorial americana. Más misterio se añade cuando se logra determinar por expertos que las coordenadas dadas por Fawcett eran imposibles ya que el mismo se hubiera dado cuenta de su error ¿Lo hizo a propósito Fawcett?.

En este punto se baraja la posibilidad años más tarde que el mismo Fawcett lo hizo de adrede con pleno conocimiento de su error con un fin aún no determinado. Estas hipótesis se refuerzan más cuando a los dos años de su desaparición su hijo menor Brian y un periodista americano de apellido Diostto, logran gestionar una expedición para saber algo más respecto de esta desaparición. Estas nuevas gestiones llegan a unas sorprendentes conclusiones. Se determina con certeza que efectivamente esas coordenadas son imposibles.

También se logró detectar que los porteadores que llevaba la expedición no habían desertado, tal y como había expresado Fawcett en sus dos últimas cartas enviadas por estos mismos porteadores al campamento de Caballo Muerto. Los porteadores expresaron que en un punto que no saben determinar dónde fue, Fawcett los despidió y devolvió a su lugar de origen, queriendo quedarse solo con sus acompañantes de expedición, las ocho mulas y los perros que llevaban. Claro está que las dos últimas cartas hablan que uno de los expedicionarios, Rimell, había sido mordido gravemente por las garrapatas y las heridas se habían deteriorado gravemente, pero Fawcett a pesar de mostrar preocupación no desiste de su misión y la expedición en conjunto tampoco.

En 1928, el periodista Diostto y el hijo menor de Fawcett logran contactar con algunas tribus salvajes y consiguen ver un medallón en uno de los hijos de un cacique; un medallón que pertenecía a Fawcett, ya que decía en el reverso “SILVER Cº”. También logran determinar otro objeto de Fawcett, un cofre que seguramente llevaba con él.

La observación de estos detalles nos hace pensar que Fawcett los regaló con el propósito de ganarse la amistad de los jefes de las tribus, o que la expedición corrió la peor suerte al encontrarse con la terrible tribu de los murcegos, que eran caníbales. Además, durante los años posteriores también aparecieron varias personas sensitivas que dijeron haber recibido mensajes telepáticos de Fawcett. En dichos mensajes expresaba estar vivo y sin problemas de ningún tipo.

Al paso de los años el misterio de esta expedición sigue en pie, y ahora que el Amazonas será cruzado por frías autopistas puede que nos entregue ciertos hechos que han permanecido durante muchos años ocultos en sus entrañas, aflorando la Ciudad Perdida que tanto soñó Fawcett y que dio su vida para encontrarla.

La travesía del coronel Fawcett se corresponde con otros relatos de ciudades subterráneas en toda América del Sur, contando queFawcett y sus acompañantes pasaron a formar parte de la población de Akakor y se dice que vivió allí. Naturalmente para el que quiera investigar en profundidad se dará cuenta de que no son simples leyendas y que además todo tiene una base histórica y científica.

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