El mundo sin nosotros’ es un libro muy interesante, un fascinante recorrido de cómo sería nuestro planeta sin humanos.

No es un libro que analice nuestro papel como plaga ecológica para el planeta (que lo somos), sino el de un autor comprometido y apasionado por la curiosidad y empeñado más en iluminar que en desanimar. Es un análisis riguroso de cómo evolucionaría el planeta si, de un día para otro, desapareciera la humanidad. Cada capítulo nos sumerge en historias actuales y que nos muestran que el libro no es fruto de la elucubración del autor, sino el fruto de las aportaciones de una gran cantidad de colaboradores que han asesorado al autor para escribir esta obra.

Alan Weisman

Alan Weisman, profesor de periodismo científico de la Universidad de Arizona y colaborador de ‘The New York Times’ y la revista ‘Discover’, ha intentado responder a esta pregunta. Para ello, ha pasado más de tres años recorriendo el planeta y entrevistando a científicos y especialistas en biología y geología, ¿Cómo sería el mundo sin humanos? ¿Qué pasaría si, de la noche a la mañana, la humanidad se esfumara de la faz de la Tierra? ¿Durante cuánto tiempo perdurarían nuestras obras y nuestra influencia sobre el ambiente? ¿Cómo se las arreglaría el mundo sin nosotros? Esta intrigante premisa se plantea en esta línea de tiempo, en donde vemos qué sucedería con el legado de la Humanidad (lo bueno y lo malo) con el paso de los años. Las respuestas fueron publicadas en forma de artículos. Finalmente, se recopilaron y dieron lugar a ‘El mundo sin nosotros’.

El mundo sin nosotros

Si alguien quiere saber cuándo va a producirse el fin del mundo lo tiene relativamente fácil. Sin tener que acudir a profetas, astrólogos, adivinos o contactados, el fin del mundo se producirá aproximadamente dentro de unos 5.000 millones de años, cuando nuestra estrella más cercana, el Sol, inicie su expansión hasta convertirse en una gigante roja. En esa época probablemente sólo queden rastros de vida en forma de microorganismos, capaces de adaptarse a las increíblemente duras condiciones de nuestro planeta.

Al cabo de unos dos mil millones de años más nuestro la Tierra habrá desaparecido, engullida por el Sol. El final habrá sido como el principio. Sin embargo, la lógica nos dice que antes de que esto suceda, el ser humano habrá ya desaparecido de la faz de la Tierra, quizás víctima de su propio éxito: el progreso; quizás simplemente porque la tierra se habrá cansado de nosotros y por una simple cuestión de supervivencia, haya decidido eliminarnos. ¿Qué ocurriría entonces? ¿Cómo sería el mundo sin nosotros?

Las conclusiones de Weisman son escalofriantes. Lo primero que fallaría sería el suministro eléctrico dado que la mayoría de las centrales eléctricas tienen un sistema de seguridad que, al detectar que no existe mantenimiento, dejan de funcionar. El suministro procedente de una central nuclear tardaría unos días pero, indefectiblemente, detendrían también su funcionamiento o, lo que es peor, suponiendo algún tipo de cataclismo que acabase con el hombre, manteniendo intactos los edificios y sus instalaciones, provocando que las 441 centrales nucleares que existen en el mundo fueran entrando paulatinamente en modo automático.El recalentamiento del núcleo provocaría explosiones similares a las de Chernóbil, liberando cantidades ingentes de material radiactivo a la atmósfera.

La ausencia del hombre también provocaría otras catástrofes. Tomando como ejemplo la ciudad de Nueva York, en donde los acuíferos subterráneos son numerosos y los ingenieros han desarrollado sofisticados sistemas de bombeo del agua, la interrupción del servicio provocaría que los túneles del metro quedasen anegados en pocos días.

Lo mismo sucedería en ciudades como Londres o Washington. Pasado un tiempo, el agua habría deshecho el hormigón y oxidado el hierro y el acero. Pasado un año, las ciudades que hoy conocemos tendrían un aspecto totalmente distinto: el pavimento se habría agrietado y habrían empezado a brotar hierbas y musgo. Las semillas de los árboles que hoy pueblan parques y jardines habrían hecho crecer nuevos arbustos.

Apenas 50 años más, las casas y edificios, atacados por la humedad, las inclemencias del tiempo y la falta de mantenimiento, empezarían a derrumbarse. Weisman señala que quizás los edificios más grandes,como los museos, aguantarían un poco más, pero todo el legado artístico y cultural de la humanidad acabaría desapareciendo. Poco a poco, los restos de nuestra civilización se perderían engullidos por los árboles y los arbustos…

Según el biólogo de la Universidad de Harvard, Edward O. Wilson, entrevistado por Weisman para su libro, toda la amplia fauna que tiene su habitat alrededor de la actividad humana dejaría de existir en poco tiempo: las cucarachas, originarias de las cálidas latitudes tropicales, dejaría de existir con la desaparición de las calefacciones; las ratas perderían su principal fuente de alimento: los deshechos y las basuras de los humanos y serían víctimas fáciles de los halcones. Vacas, ovejas, gallinas, cabras, cerdos… todos ellos son animales que de un modo u otro precisan de la protección del ser humano y, descartado un improbable regreso a sus orígenes silvestres, serían presas fáciles para los depredadores que proliferarían sin control. Los perros probablemente volverían a un estado asilvestrado, aunque no por mucho tiempo pues no podrían soportar la competencia con otras especies.

También los cultivos traídos por los humanos desaparecerían en uno o dos siglos. Las caídas de rayos procedentes de las tormentas pronto provocarían incendios de proporciones gigantescas, como debieron existir en tiempos de los dinosaurios, acabando con cualquier resto de construcción humana.

La ausencia de actividad humana haría que las emisiones de CO2 cesasen inmediatamente pero se necesitaría tiempo para que las actuales concentraciones de dióxido de carbono descendieran a los límites de la época preindustrial. Según Weisman, los océanos, cuyas aguas son las que absorben masivamente el CO2, tardarían unos mil años en absorber el 80% del gas actualmente existente en la atmósfera. Dejar el aire tal y como estaba antes de que empezásemos a quemar combustibles fósiles, sería un proceso que duraría 100.000 años, según los químicos de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos, entrevistados por Weisman para su libro.

¿Quién sucedería al ser humano? Es una respuesta difícil. Según Michael Wilson, director del Centro de Investigación de Campo en Gobe (Tanzania) y reputado primatólogo, posiblemente, liberados de la presión del hombre (a principios del s.XX la población de primates en África se estima que rondaba los dos millones. Actualmente solo deben quedar unos 150.000) los babuinos tendrían una buena oportunidad de prosperar, seguidos por los chimpancés, buenos depredadores y que han demostrado saber adaptarse a los cambios de los últimos siglos.

Dentro de algunos cientos de miles de años, un extraterrestre que visitase nuestro planeta, o una civilización sin memoria, surgida de nuestras cenizas, no hallaría señales de ese pasado humano. La naturaleza y los elementos habrían borrado todo rastro de nuestro paso por la Tierra. Sólo excavaciones arqueológicas serían capaces de hallar objetos extraños, auténticas anomalías, que serían rápidamente catalogadas como elementos de culto, mientras en la memoria colectiva de la nueva humanidad existirían leyendas y mitos que nos hablarían de un pasado mágico que los historiadores se negarían a aceptar.

Paradójicamente, las señales de radio y televisión emitidas haría miles de años por una humanidad que se creía eterna, cruzarían el espacio exterior y sorprenderían a un hipotético receptor extraterrestres. Serían los últimos estertores de una humanidad desaparecida cientos de miles de años atrás…

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